traduttore, traditore

octubre 24, 2015 § Deja un comentario

Dice Steiner que sin traducción habitaríamos provincias lindantes con el silencio. Cierto. Así, no es posible leer a los clásicos sin adaptarlos a nuestros usos lingüísticos, pues de lo contrario ya no tendrían nada qué decirnos. Sin embargo, una buena traducción ha de conservar también la extrañeza de textos que ya no nos pertenecen. Es obvio que si ahora, pongamos por caso, tuviéramos que escribir un nuevo evangelio a propósito de una figura contemporánea, análoga a la de Jesús de Nazareth, no escribiríamos lo mismo. No podríamos hacerlo. La noción misma de pecado, por ejemplo, nos resulta bastante artificial. Nuestro mundo, salvo metafóricamente, hace tiempo que dejó de ser un mundo amenazado por las potencias del maligno. La presencia de Satán —y, de paso, la del mismo Dios— ya no es un dato de la experiencia, sino en cualquier caso un encubrimiento metafórico de una experiencia que, espontáneamente, se expresa bajo otros términos. De este modo, en vez de pecado tenemos debilidad humana, en vez de culpa, en el sentido teológico del término, pulsiones. Algunos creen que con el cambio actualizan el sentido originario. Pero no se trata de una actualización, sino de otra cosa. Hay por en medio un cambio de paradigma. Ocurre aquí algo parecido a lo que ocurrió con la irrupción de la mecánica de Galileo: que no se trató propiamente de una actualización de la fisica medieval, sino de un cambio de enfoque. Incluso los problemas a resolver pasaron a ser otros. Es evidente que con “debilidad humana” no estamos diciendo lo mismo que cuando hablamos de “pecado”. De ahí que creer hoy en día suponga de algún modo creer en lo increíble. O, por decirlo con otras palabras, incorporar a nuestro mundo una verdad que ya no es la nuestra (en la medida en que esto sea posible). Aunque quizá, en último témino, la fe consista en esto: en adherirse a un Dios que dejó de ser evidente… tal y como hacemos, por ejemplo, con la música de Bach. Pues lo cierto es que el valor de su música solo se impone en un mundo en donde ya no cabe componer a la manera de Bach. Decir lo contrario sería confundir las arias de Bach con las espantosas actualizaciones de Luis Cobos o Waldo de los Ríos.

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