el judaísmo carismático

octubre 17, 2015 § Deja un comentario

La oposición entre el judaísmo rabínico y el carismático es muy interesante, pues nos indica el carácter ambivalente y, por extensión, problemático de la experiencia de Dios. Para el judaísmo carismático el poder de obrar milagros era el signo por excelencia de la presencia de Dios en los elegidos de Dios. Pues solo quien había logrado intimar con Dios —Honi, el trazador de círculos, Hanina ben Dosa, el mismo Jesús de Nazareth— podía disponer del poder de Dios o, mejor dicho, provocar su intervención. Sin embargo, para el judaísmo rabínico, la halajah, la Ley lo era todo con respecto a Dios. Frente a la Ley no cabía milagro alguno. O lo que viene a ser lo mismo, para el judaísmo rabínico, cuyo antededente inmediato fue el fariseísmo, de Dios en el presente solo tenemos su voluntad expresada en la Ley. Quienes intervienen con poder en los acontecimientos del mundo no vienen de Dios, sino del demonio, incluso ahí donde la intervención favorece a los hombres. La única posibilidad de liberar al hombre del influjo de Satán pasa, no por el milagro, sino por la obediencia al mandato de Dios. Así, la oposición de los fariseos a la actividad de Jesús de Nazareth debe comprenderse desde este marco conceptual y no, desde la deformación que supone la lectura cristiana, en donde fácilmente se opone el legalismo judío a una fe auténtica. Pues, antes que una polémica entre religiones, se trata de una polémica interna al judaísmo. Nadie niega, ni siquiera los rabinos, el riesgo de caer en la letra muerta en aquellos que defienden la centralidad de la Ley. Pues la Ley es letra muerta donde se olvida que la Ley responde al clamor de los abandonados de Dios. Pero ese riesgo no elimina de por sí los equívocos de la inspiración. Una fe fuertemente sentimentalizada no es, por el hecho de serlo, más verdadera que el frío legalismo de quienes se parapetan tras la Ley. Creer que algunos se encuentran más cerca de Dios por inspiración divina es, cuanto menos, una provocación, para quienes se encuentran sujetos al mandato de Dios. Y es que, según el judaísmo rabínico, el hombre solo puede cumplir con la voluntad de Dios sin Dios mediante, esto es, donde Dios desaparece del mapa —donde el hombre deja de experimentar, precisamente, la cercanía de Dios. Por eso, el perdón de un crucificado es, para la sensibilidad judía, la pura expresión del que cumple con la voluntad de Dios. Pues resulta obvio que un crucificado muere como un maldito de Dios. Probablemente, Jesús de Nazareth habría sido reivindicado por los judíos, si los seguidores de Jesús no se hubieran atrevido a adorarlo como Dios.

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