la riqueza de las naciones

septiembre 17, 2015 § Deja un comentario

Adam Smith escribió, probablemente sin pretenderlo, una de las críticas más devastadoras de la tradición cristiana, mayor incluso que la que encontramos en la obra de Nietzsche. Pues el “pan nuestro de cada día” no nos lo da la benevolencia del panadero —Dios mismo, en tanto que inspirador de esa benevolencia—, sino su interés en prosperar. El bien común no reposa, así, en la integridad de los hombres, sino en las reglas de juego que constituyen nuestra sociedad. Del mismo modo que el arte se independiza de la religión, la economía se distancia de los principios de la moral. Esto no significa, sin embargo, que el juego económico no exija algunas dosis de ética —es muy difícil hacer negocio sin una cierta confianza de fondo—. Significa que el bien común no depende de que busquemos el bien común. El bien común, como la felicidad, pasa a ser un “producto lateral” de ciertas reglas de juego. Así, no se trata tanto de hacer mejores personas, sino mejores reglas. Sigue siendo innegable que, si todos fuéramos unos santos, el mundo sería perfecto. Pero esta verdad es, sencillamente, tautològica y, por consiguiente, vacía. Pues la cuestión de la política no es la cuestión de cómo llegar a ser unos santos, sino la cuestión de qué debemos hacer, teniendo en cuenta que no llegaremos a ser unos santos.

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