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agosto 13, 2015 § Deja un comentario

Una cultura escinde el cuerpo en dos: hay algo en ti que no te pertenece, algo que debe ser arrancado o, cuanto menos, ocultado. Dime, por tanto, a qué cultura perteneces y te dire con qué parte de ti mismo de identificas. De este modo, podemos rastrear las modificaciones culturales de los últimos tiempos y, por extensión en la estructura de la subjetividad, simplemente constatando las transformaciones en las exigencias que recaen sobre el cuerpo. La denominada secularización imprime su sello en la corporalidad. Así, no deja de ser sintomático que el deseo más grueso, más bestial haya sido, como quien dice, sacralizado. Hemos pasado de demonizar la genitalidad como uno de los motivos del extravío del hombre a considerarla como el summum de la realización humana. Nuestra cultura —es evidente— es una cultura hipersexualizada. La genitalidad ha dejado de ser algo extraño —algo perteneciente al animal que hay en nosotros— para convertirse en el centro neurálgico en el que se decide, en gran medida, una vida consumada. Es así que nuestra cultura nos obliga a identificarnos fácilmente con lo más instintivo, lo más natural. De ahí que la exigencia sobre-naturalla obligación de ir más allá del mero devorar— se comprenda como algo extraño, añadido, ridículo. El pleroma es, hoy en día, sexual. En este sentido, no parece que haya otra trascendencia —otra mística— que la del orgasmo. Obviamente, se trata de un error.

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