anastasis nekron

agosto 7, 2015 § Deja un comentario

La exégesis moderna, a la hora de entender esto de la “resurrección de los muertos” y con la excusa de la actualización de la verdad cristiana, suele hacer lo siguiente: primero definir que entendían los primeros cristianos por “resurrección de los muertos” diciendo, por ejemplo, que la muerte no tendrá la última palabra o que, al final, reinará la vida de Dios; en segundo lugar, puesto que esto de la “resurrección de los muertos” resulta difícil de tragar, aunque ciertamente no se trate solo de una dificultad típicamente moderna, se define la expresión como un “modo mítico de hablar”, dando a entender que el significado originario debería hoy en día expresarse sin el recurso del mito. Y así se acaban diciendo cosas del estilo “proclamar la resurrección es una manera de decir que la causa de Jesús continúa” o “en el fondo, lo que los primeros cristianos querían decir es que al final habrá justicia”. Con lo cual fácilmente llegamos a prescindir de la costra mítica para quedarnos solo con la pulpa del “otro mundo es posible”. Sin embargo, a pesar de que el NT admite un uso metafórico de la expresión, no parece que quienes proclamaron la “resurreción de Jesús de Nazareth de entre los muertos” creyeran simplemente que eso pudiera decirse de otro modo. Creían, sin duda, que otro mundo era posible, pero solo porque Dios, con la resurrección, había acreditado a Jesús como Mesías. Los primeros cristianos estuvieron convencidos de que efectivamente Jesús había sido resucitado corporalmente por Dios —y no solo elevado en espíritu—, aunque ese cuerpo fuera en realidad un cuerpo transformado. Y que, por ello, se habrían las puertas de una nueva era, de la restauración del hombre, de una nueva Creación. De ahí que resulte tan difícil separar el decir de lo dicho. Es verdad que una experiencia genuina siempre desborda los límites del lenguaje que pretende expresarla. Pero lo que tuvo lugar con la resurrección —a priori tan increíble hoy en día como por aquel entonces— quizá no sea propiamente una experiencia desbordante, sino un acontecimiento, el cual puede ser “visto”, sin duda, desde diferentes ángulos, pero que, en su definición cristiana, no puede separarse del marco categorial de la esperanza mesiánica que lo constituye, propiamente, como acontecimiento. Desde la óptica de los tropos litearios, no estamos, pues, ante una metáfora, sino ante una metonimia, de tal manera que no podemos quedarnos con la parte para prescindir del todo. Así, podemos sospechar que los intentos exegéticos de aislar una experiencia original por debajo de la fórmula mítica sean un modo de asegurar que seguimos creyendo en lo mismo, cuando la cuestión de fondo es, precisamente, si podemos aún seguir creyendo en lo mismo.

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