caín y abel

julio 25, 2015 § Deja un comentario

Cuando tienes hijos te das cuenta de que hay algo que no acaba de funcionar en el mundo. Nacemos inocentes. Pero, con el paso de los años, esa pureza inicial se va enturbiando. Y ello es, hasta cierto punto, independiente de lo que hagas con tus hijos. Es decir, que por mucho que los quieras —por mucho que los cuides y eduques— la semilla del rencor, tarde o temprano, fructifica. Hay algo de odio a uno mismo, pero también hay algo —aunque me atrevería a decir que mucho— de envidia o celos. Tus hijos se hacen adultos en medio de un combate entre las fuerzas del resentimiento y la reconciliación. Quizá los antiguos estuvieron más acertados, a la hora de intentar comprender esta situación, cuando hablaron en términos de espíritus. Como si al fin y al cabo en nuestro interior se librara un combate cósmico entre los espíritus del bien y la destrucción. Pues es obvio —o debería serlo— que no estamos ante un asunto que pueda resolverse simplemente haciendo las cosas bien. De ahí que ya canse la tonadilla del buenrollismo progre, el cual fácilmente acaba proponiendo recetas de libro de autoayuda a la hora de resolver problemas de fondo. Como si la semilla del mal pudiera ser abortada con la mejor pedagogía. Como si los niños torcidos fueran, en cualquier caso, el fruto de nuestro error.

Anuncios

Los comentarios están cerrados.

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo caín y abel en la modificación.

Meta

A %d blogueros les gusta esto: