cristología básica

julio 13, 2015 § Deja un comentario

Jesús, bajo una óptica judía, muere bajo la ira de Dios, esto es, como un maldito de Dios. Aquí no vale decir, como se suele habitual por los pagos del cristianismo progre, que Dios no tuvo nada que ver con la muerte de Jesús. Como si el mochuelo de la cruz solo fuese imputable al hombre. Como si Jesús solo hubiera muerto por ser la mosca cojonera del poder religioso y político. Como si la cruz no involucrara, de algún modo, a Dios. A menos que estemos dispuestos a admitir que Dios es simplemente un espectador de la Historia, capaz, eso sí, de empatizar con algunos de sus protagonistas, pero incapaz de salir a escena, la cruz no puede comprenderse al margen de un Dios que pudiendo actuar, no actuó. Así pues, o Dios es el que interviene en la historia de los hombres, el Dios de las “acciones poderosas” —y entonces la pregunta de por qué Dios ha abandonado a su elegido penetra en lo más profundo del corazón del hombre—; o bien Dios no actúa, sino que, en el mejor de los casos, contempla desde su atalaya el naufragio de los hombres —y entonces el grito del crucificado (“Dios mío, Dios mío ¿por qué mes has abandonado?”) es, sencillamente, un error de perspectiva, la expresión de un no acabar de saber quién o qué es Dios. O por decirlo de otro modo, desde una óptica judía, o bien nos quedamos con el Dios que “interviene poderosamente”, en la línea de las tradiciones de la Alianza, y ello a expensas del crucificado (esto es, al precio de hacer del crucificado un “maldito” de Dios), ; o bien, para salvar al crucificado, renegamos del Dios-actor y nos quedamos con un Dios oculto, trascendente hasta su des-aparición, en la línea de las tradiciones sapienciales veterotestamentarias. Puede que Jesús creyera equivocadamente en la intervención de Dios. Puede que ya no podamos seguir creyendo en un Dios que aparece de repente en la escena a la manera de los deus ex machina de las tragedias de Eurípides. Pero entonces, la predicación cristiana debería dejar de presentar a Dios como si fuera ese amigo que se encuentra al otro lado del teléfono de la esperanza —o, por decirlo de otro modo, debería dejar a un lado esto del dirigirse espontáneamente a Dios— y apostar definitivamente por el Dios oculto, invisible, sin entidad de las místicas varias, el cual está más cerca de la nada que de la realidad espectral que habitualmente se le supone.

Ahora bien, si Dios permaneciera agazapado en las profundidades de la Creación —o, también, más allá de la misma—; si Dios en verdad fuera un Dios que brilla por su ausencia, entonces deberíamos admitir que la Cruz no es un escándalo. La Cruz no escandaliza a quien cree que Dios, simplemente, se dedica a las tareas de mantenimiento desde un más allá inaccesible. Así, podríamos haberle dicho a Jesús: “¿qué esperabas? Dios no es tal y como creíste.” Si la Cruz fue un escándalo para los primeros creyentes es porque estos daban por sentado que Dios, como Padre que es, no abandona a sus criaturas y menos si se trata del justo. Para comprender el alcance de lo que acabamos de decir podríamos imaginar a una madre que tranquilamente se toma un café en el borde de la piscina en la que se baña su hijo de tres años. ¿Cómo nos quedaríamos, si viéramos que ese madre se limita a observar como su hijo se ahoga? Lo escandaloso —lo inadmisible— es que mamá no haya hecho nada por salvar a su hijo. ¿Nos atreveríamos a decir que el hijo se lo merece? Solo nos atreveríamos, si creyéramos incondicionalmente en la bondad de esa madre. Ciertamente, no entenderíamos nada, pero si esa madre tuviera, por los motivos que fuesen, nuestra innegociable adhesión, entonces fácilmente llegaríamos a justificar tal barbaridad: “algo habrá hecho el hijo para que su madre no mueva un dedo”. Paralelamente, es obvio que no habría escándalo, si el niño fuera un huérfano o si mamá estuviera de viaje o simplemente lejos de la piscina. La tristeza sería la misma, pero no el escándalo

Así, en principio, o bien Dios es capaz de actuar poderosamente y, por consiguiente, si Dios merece nuestro crédito, Jesús murió como un maldito de Dios; o bien, Dios no actúa en absoluto o hace ya tiempo que dejó de actuar y la fe de Jesús —la fe en la inminente irrupción de Dios— fue, sencillamente, un malentendido. Cabe, con todo, una tercera posibilidad, aquella en la que se enzarzaron los discípulos de Jesús, a saber: si la muerte de Jesús no invalidó su vida y predicación —esto es, si seguimos creyendo, junto con los apóstoles, que Jesús fue en verdad un “hombre de Dios” a pesar de su abyecta muerte—, entonces la muerte de Jesús no puede ser en verdad una “maldición”, aunque lo parezca. Sencillamente, tiene que haber otra lectura —otra hermenéutica— de la implicación de Dios en la crucifixión de Jesús. Así, es la fidelidad apostólica al hombre que fue Jesús, a su condición de “hombre de Dios”, lo que conduce a una re-visión de Dios. Es esa fidelidad la que está en la base de la Revelación cristiana. De este modo, la experiencia raíz del cristianismo —lo innegable o irrenunciable de la fe cristiana, el equivalente al paso del Mar Rojo para los judíos— es Jesús como “Hijo de Dios”. Podríamos decir que los apóstoles, a raíz de su fidelidad a Jesús como “hombre de Dios”, se ven obligados a reconocer que en esa cruz tuvo que estar implicado Dios mismo de un modo distinto al que de entrada podía suponerse—que en cierto sentido esa cruz obedeció a la voluntad de Dios. Que Dios, de algún modo, quiso esa muerte. Pues si pudo actuar y no actuó, siendo que Jesús fue indiscutiblemente un hombre que tuvo a Dios de su lado, es porque quiso. Es obvio que esta última voluntad de Dios —este último testamento— solo podía comprenderse en el marco de una teología sacrificial: la cruz no es maldición, sino sacrificio de Dios. Dios sacrificó a su Hijo para que los hombre pudieran salvarse. El Hijo tuvo que morir para que a los hombres les alcanzara el perdón de Dios, como esa última oportunidad —como esa medida de gracia—, antes del Día del Juicio. Así pues, o Dios actúa —y entonces hemos de elegir entre la maldición o el sacrificio expiatorio—. O, por el contrario, Dios no actúa, sino que, en el mejor de los casos se dedica a las tareas de mantenimiento —y así vernos obligados a elegir entre aceptar que los profetas, los “hombres de Dios” suelen acabar mal, o reconocer, siendo más radicales, que de Dios no tenemos más, aunque tampoco menos, que una víctima que perdona en nombre de Dios. Lo que en modo alguno cabe hacer es elegir la primera opción —la de un Dios que se hace presente por sus actos— y tirar por la borda todo lo relativo al sacrificio expiatorio… porque no acaba de cuadrar con nuestro prejuicio moderno, aquel que hace, precisamente, de Dios un Dios bonachón, incapaz de poner a los hombres contra las cuerdas.

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