tomando un café con nuestro amigo budista

julio 9, 2015 § Deja un comentario

Que nosotros fácilmente creamos que las religiones son diferentes modos de llegar a una y la misma cima, acaso sea el síntoma de lo lejos que estamos de creer lo que creyeron nuestros antepasados. A Israel nunca se le ocurrió la idea de que la obediencia a Yavhé, su Dios, era un modo de aproximarse a lo divino, tan legítimo como podría serlo el culto a Zeus o a Astarté, la diosa semítica de la fecundidad. Como es sabido, Israel llegó a la convicción de que Yavhé era el único Señor —”yo soy el Señor y no hay ningún otro; fuera de mí no hay Dios” (Is 45:5)—, negando, en último término, la divinidad del resto de los dioses. Hoy quizá hablaríamos de intolerancia. Pero ellos prefirieron hablar de revelación. Detrás de esa confesión latía una experiencia de un Dios palpable, casi físico, en definitiva, de un Tú bestial, duro pero a la vez compasivo, un Tú que demostraba, a veces salvajemente, su preferencia por los pobres y oprimidos, lo cual, ciertamente, no acaba de casar con un sentido más elaborado —más impersonal— de la divinidad. Sin duda, en la Biblia encontramos la tendencia, por lo común dentro de la tradición sapiencial, a hacer de Yavhé, el Dios que actuó poderosamente a favor de Israel, un Dios oculto, esquivo e incluso indiferente a la suerte de su pueblo y, por tanto, un Dios que difícilmente podía seguir reconociéndose como un Tú. Pero, lo cierto es que Israel, a pesar de lo dicho, siempre termina comprendiendo la desaparición de Dios, no como la transformación del Tú en un Ello, sino como el eclipse del Tú. Así, es cuando la divinidad deja de ser un Tú para convertirse definitivamente en un Ello —una cima que coronar, una fuerza de la que participar, un océano en el que disolverse— que comenzamos a caer en la cuenta de que quizá en el fondo estemos —moros y cristianos, griegos y judíos— hablando de lo mismo. De lo que no nos damos cuenta, sin embargo, es que para que nos lo parezca, hemos tenido que renunciar a la insobornable personalidad de Yavhé, mejor dicho, a interpretarla como el encubrimiento imaginario —infantil— de una experiencia más profunda de Dios. Es posible que la Biblia esté equivocada con respecto a Dios. Que Dios no sea un Tú, sino un Ello (o, si se prefiere, una nada). Pero lo que no podemos hacer es hacerle decir lo que no dice, como si siempre hubiera estado hablando de un Ello aunque con los atavios míticos del Tú. Así, en lugar de jugar a las actualizaciones del lenguaje bíblico, quizá fuera más honesto cortar el cordón umbilical y reconocer que ya no sabemos qué hacer con el Dios bíblico. Que la radical alteridad de Dios, acaso aún pueda ser pensada, pero de ningún modo sufrida.

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