vecinos

julio 5, 2015 § Deja un comentario

Cuando cristianamente se nos exhorta a la reconciliación ¿acaso percibimos su alcance, su exceso, su monstruosidad? Es así que, por lo común, entendemos que lo que se nos pide es que seamos buenos vecinos, que nos dejemos de esas puñetas que tan fácilmente nos dividen. Y eso, puesto que creemos que está a nuestro alcance, nos reconforta. Pues, fácilmente, damos por hecho que podemos llegar a ser mejores de lo que somos, ascender espiritualmente, convertirnos en agentes de Dios o, si se prefiere, de lo divino. Ahora bien, el carácter de la reconciliación cristiana no reside en ser buena gente, pues no apunta al vecino, sino al enemigo, esto es, a aquel que quiere la muerte de tus hijos, aquel que fue capaz de degollarlos ante ti, aquel con el que no puedes, sencillamente, hacer las paces. Es obvio que no estamos hablando de algo que esté en nuestras manos. Pues lo que es de Dios, ha de ser imposible para el hombre. No estamos hablando, pues, de la resiliencia, en tanto que quien perdona lo imperdonable no es el sujeto capaz de superar un trauma, sino más bien un muerto, alguien incapaz de seguir diciendo yo —alguien que no es más (aunque tampoco menos) que su perdón.

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