testigos

julio 5, 2015 § Deja un comentario

Una cosa que no suele tenerse muy en cuenta, a la hora de enfrentarse al credo cristiano, es que la verdad creyente pertenece, como quien dice, al género judicial. Esto significa que las proposiciones de la confesión de fe se ubican en el seno de una controversia en la que se decide el alcance de los hechos. Así, lo que está en juego no es si hubo, pongamos por caso, resurrección, sino si la resurreción de Jesús fue en verdad una acción de Dios. Es en este sentido que decimos que un creyente es un testigo. Pues el testigo, en un proceso judicial, es el que nos permite establecer el alcance de los hechos, teniendo en cuenta que los hechos que deben ser juzgados son, precisamente, excesivos. Un hecho que exige nuestra aprobación o condena —nuestra adhesión o rechazo— es aquel que nos obliga a preguntarnos ¿qué ha sido eso en verdad? Un testigo no es simplemente alguien que informa de algo que no hemos visto, pero que podríamos haber visto de haber estado allí. Un testigo es alguien que, en la medida que nos fiémos de él, puede decidir qué ha ocurrido en realidad, pues lo que debe ser juzgado no acaba de ser hasta que no se emite el veredicto. Así, supongamos que las víctimas del Holocausto —todas— hubieran creído que su destino fue justo. Que ellas merecieron la muerte que tuvieron. Que sus verdugos fueron, de hecho, los ejecutores de Dios. Más aún, supongamos que quienes estuvieron en los campos de la muerte se hubieran dirigido a las cámaras de gas llenos de júbilo, conscientes de adónde se dirigían. Si ese fuera el caso, entonces no habría habido propiamente Holocausto, aun cuando a nosotros nos hubiera parecido una salvajada o un episodio de enajenación colectiva. Ciertamente, el Holocausto habría sido otra cosa.

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