Jr 5, 12

julio 4, 2015 § Deja un comentario

Dice Jeremías: “han renegado del Señor, diciendo: no existe; ningún mal nos alcanzará, no moriremos a espada ni de hambre.” Traducción: quien confía en su posibilidad —quien se cree inmune a la desgracia, fácilmente nosotros mismos— no puede creer en Dios. Pues Dios se revela como Dios en el poder que, increíblemente, libera al desgraciado de su desgracia. Dios es, sencillamente, el Dios de los desgraciados, de los que se encuentran en manos de la muerte. Es posible que, en los tiempos bíblicos, nadie se atreviera a negar la existencia de Dios. Pero para los profetas de Israel cabía algo así como un ateísmo práctico, el de aquel que, por medio de sus acciones, demuestra no tener temor de Dios. O, por decirlo con otras palabras, orgullo e infidelidad van de la mano. Pues Dios, bíblicamente hablando, es el que liberó a Israel del poder del Faraón—el Dios que preserva la vida de los hundidos del poder de la muerte y condena al opresor, el Dios que promete una tierra donde arraigar a los sin tierra. El Dios, en definitiva, al que se le debe una vida. Lo admirable de la fe judía —lo extraño, podríamos decir— es que ningún hecho posterior —ninguna desgracia, ni siquiera la del exilio— cuestionó el carácter innegable de la Revelación. Ni siquiera donde Dios parecía haber olvidado su promesa. Para la fe judía, el abandono —el silencio— de Dios en ningún momento pone en duda lo que en verdad ocurrió: que Yavhé liberó milagrosamente a los esclavos de Egipto de una muerte segura. Todo lo que no parezca encajar ahí es algo que tiene que ver con la incomprensibilidad —con el misterio— de Dios (o, en su defecto, con la infidelidad del hombre), pero en modo alguno es algo que comprometa la fe en Dios como el que actúa en favor del oprimido. Así, quien corta el cordón umbilical que le une a la experiencia raíz de la fe es alguien que, porque se basta a sí mismo, ha dejado de estar sujeto a la promesa de Dios, alguien que puede, sencillamente, prescindir de él, aun cuando con la boca siga diciendo, Señor, Señor.

Anuncios

Los comentarios están cerrados.

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo Jr 5, 12 en la modificación.

Meta

A %d blogueros les gusta esto: