conócete a ti mismo

junio 4, 2015 § Deja un comentario

¿Quién soy? No lo sé, mientras no llegue a objetivarme como otro y decir, por ejemplo, yo soy como Eric Cantona. O como papá. O como tal o cual. Yo soy siempre como otro, como aquel otro en el que me reconozco. Sin ese otro no soy más que un amasijo de impulsos y creencias variables, una simple bola de billar. El yo queda fijado por la alteridad con la que se identifica. El delirio, sin embargo, consiste en anular la diferencia que hace posible, precisamente, la identificación. Pues si puedo decir que yo soy otro es porque el yo no termina de coincidir con el otro con el que, sin embargo, se identifica. El yo es otro, pues, porque el yo en última instancia no es otro. Ahora bien, ese yo, al margen de su identificación con el otro, no es nada. Mejor dicho, el yo en sí mismo es la fuerza —el neguit— de la negación de sí. El delirio consiste, por tanto, en suprimir la dialéctica del proceso de identificación: en creer que uno es, sin fisuras, Eric Cantona (o papá, o…). De ahí que un Dios que pueda decir yo es un Dios que necesariamente busca identificarse con lo otro de Dios y lo otro de Dios es, de hecho, el hombre. La Encarnación pertenece a la misma naturaleza de Dios. Probablemente, el dogma trinitario no pretenda decirnos otra cosa que ésta. Ahora bien, si lo anterior es cierto, entonces Dios no es nada sin el hombre. Pero, si lo anterior es cierto, Dios es también la continua negación de la autosuficiencia del hombre. El atrevimiento cristiano consiste no en decir algo de Dios del lado del hombre —del lado de su necesidad de Dios—, sino en pensar a Dios del lado de Dios. Es posible que el cristianismo sea, por eso mismo, la religión de la indigencia de Dios. Y es que acaso no quepa otra trascendencia que la de un Dios que eternamente difiere del hombre con el que, sin embargo, se identifica.

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