dice Estrada (1)

febrero 14, 2015 § Deja un comentario

En su último libro “¿qué decimos cuando hablamos de Dios?”, extraordinario en lo que respecta al diagnóstico, Juan Antonio Estrada dice algo que, cuanto menos, me resulta un tanto chocante: “hoy no creemos lo mismo que los cristianos de otras épocas, aunque tengamos la misma fe (p 118).” Sospecho que la idea pretende salvar los muebles de la fe en una época en donde “todo lo referente a Dios, al más allá de la muerte, resurreccion incluida […] ha perdido su antigua plausibilidad”. Y es que resulta casi indiscutible que hablar de, pongamos por caso, la divinidad de Jesús de Nazareth hoy en día es como hablar de la divinidad del Ramsés II. En cualquier caso, ¿qué quiere darnos a entender JA Estrada? Pues que, en lo que respecta a la revelación, podemos de algún modo separar lo que corresponde a las categorías culturales de una época de lo que cabe atribuir a la inspiración divina. Que, si podemos seguir teniendo la misma fe, es porque cabe algo así como un decir lo mismo pero con otras palabras. Ciertamente, JA Estrada da por sentado que no es posible una “revelación pura”, que no es posible desmarcarse de la subjetividad de quien dice haber tenido una experiencia de Dios. Esto es, JA Estrada presupone que “no hay referencia intersubjetiva que pueda dar carácter real a lo que se constata subjetivamente”. Y que, por tanto, a la hora de intentar comprender los textos bíblicos “hay que tener en cuenta el código cultural condicionante y ver si sigue siendo determinante en la actualidad (p 119)”. Ahora bien, uno puede perfectamente preguntarse cómo podremos llegar a ver si dicho código sigue siendo, en algún sentido vinculante, si no hay algo así como un “acceso directo” al núcleo duro del kerygma. Más aún: podríamos preguntarle a JA Estrada cómo podemos seguir vinculados a dicho núcleo, si la misma palabra “Dios” ha perdido su antiguo significado. Pues resulta obvio que si dijéramos, pongamos por caso, que los primeros cristianos, al proclamar la resurrección, en el fondo, estaban diciendo que el proyecto de Jesús seguía en pie, entonces no haríamos otra cosa que depositar el kerygma en el lecho de Procusto de nuestro marco categorial. Pero no parece que los tiros vayan por ahí. La distinción entre la deformación cultural y el kerygma no puede darse como quien separa la clara de la yema. Decir que no hay acceso al kerygma que no esté culturalmente mediado, significa al fin y al cabo que el kerygma no es algo así como un paisaje que admite diferentes visiones, pero que, con todo, podemos definir topográficamente como un sistema de ecuaciones. Si no hay un lenguaje independiente (en nuestro caso, el de la topografía) que nos permita, por un lado, comprender lo que es el paisaje en sí mismo y, por otro, establecer qué visiones son posibles, entonces difícilmente podremos afirmar que estamos hablando de los mismo. Ocurre aquí como con la teoría del impetus de la Edad Media, teoría que pretendía explicar lo que hoy en día se entiende como el movimiento inercial. Pues Galileo, cuando postula su principio de inercia, no se limita a traducir la teoría del impetus a otras categorías, sino que se enfrenta al mismo problema desde otros principios. Lo que hace Galileo, como es sabido, es cambiar de paradigma. Y las cosas, sencillamente, se dejaron de ver como antes. Cambiar de paradigma es cambiar de mundo. Por eso, si aún podemos permanecer vinculados al kerygma originario no es porque haya otro modo de decir lo mismo, sino porque, en definitiva, seguimos diciendo lo mismo. Ahora bien, para comprender que estamos en lo mismo, uno tiene que leer irónicamente los evangelios —esto es, lo evangelios como ejercicio de ironía— y admitir que si “Dios” devino un término problemático es porque el cristianismo ya se encargó de ello. No se trata, pues, de ver cómo podemos seguir creyendo en el Dios que se revela en la Cruz en una cultura que no da a Dios por descontado, sino de ver que si no podemos dar a Dios por descontado es porque hubo cristianismo, porque, en definitiva, Dios murió en el Gólgota (y, por eso, solo podemos contar con el espíritu de Dios). Al fin y al cabo, el ateísmo moderno es un hijo, aunque quizá bastardo, del cristianismo.

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