algo básico

enero 20, 2015 § Deja un comentario

Es cierto que hay momentos de revelación: aquellos en los que caemos en la cuenta, por ejemplo, de que el otro es digno de asombro. O que la vida es un algo que nos ha sido dado desde el horizonte de la nada. Sin embargo, es igualmente cierto que el carácter extraordinario de lo dado cae fácilmente en lo ordinario: aquel que provocaba nuestro asombro es aquel con el que he de tratar las cosas del día a día. Hay que llevar a los niños al cole, bajar la basura, hacer números, matarse a trabajar… Es aquí donde se produce la devaluación. Pues es inevitable que, si hay que llegar a un trato, aunque sea un buen trato, el otro quede reducido, en cierto modo, a cosa. Esto es, no parece que podamos permanecer demasiado tiempo en el “mundo verdadero”, ante la epifanía del rostro. De ahí nace la inquietud religiosa o, si se prefiere, espiritual. Pues, el hombre o la mujer espirituales, de entrada, solo se preguntan una sola cosa: cómo permanecer ahí, en el mundo aún no degradado por las urgencias de la adaptación.

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