últimas lecciones del libro de Job

enero 18, 2015 § Deja un comentario

Tarde o temprano, deberemos admitir que hay Mal porque hay Dios. Esto, sin embargo, no significa que Dios sea la causa del Mal o que Dios quiera el Mal. Significa que hay Mal porque Dios es el misterio del mundo, la incógnita por resolver de la Creación —el nombre que representa la falta de respuesta a la pregunta por el sentido—. YWHW, conviene recordarlo, es un nombre sin referente. Así pues, desde la falta de entidad de Dios —falta de entidad que es más real que la efectividad de un dios existente—, estamos arrojados al don y al sufrimiento. Precisamente, porque no podemos encajarla en una estructura de sentido predeterminada —precisamente porque el sentido no nos precede—, en definitiva, porque existimos abocados a la muerte, la vida es lo recibido dentro de un plazo. Una oportunidad en el interior de un cosmos inerte. De ahí que Bien y Mal vayan de la mano. Un mundo sin Mal sería, sin duda, otro mundo. Pero en ese otro mundo tampoco habría nada bueno a lo que agarrarse. No obstante, ese otro mundo está en éste. Es el mundo de las bestias, el mundo mineral. De ahí que, con respecto a Dios, seguimos sin saber. O lo que es lo mismo: el hombre se encuentra con lo divino, no desde la constatacion de la existencia de poderes que nos superan, sino desde la desazón, el anhelo de que haya algo otro en verdad, lo que por lo común se entiende como anhelo de trascendencia. El hombre topa con Dios como aquel que se halla al borde de un pozo sin fondo. Ahora bien, en tanto que lo otro de Dios no se nos da —porque nuestra existencia ha quedado desconectada de Dios—, lo otro de Dios, su alteridad, su altura, puede darse como la alteridad del otro hombre, la que se revela como su pobreza, su crucifixión, su lepra.

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