hard links

enero 10, 2015 § Deja un comentario

Es ingenuo creer que pueden establecerse fuertes vínculos entre iguales. Un vínculo exige algo así como una tensión, una polaridad, la que se da, por ejemplo, entre el padre y el hijo, el maestro y el discípulo, entre el que debe y el que da. Por decirlo de otro modo, no hay vínculo que no repose sobre arquetipos, sobre lo que representan, uno para el otro, quienes establecen entre sí lazos de sangre. Un vínculo, si ha de ser sólido, no puede sostenerse sobre la voluntad de los que permanecen vinculados. Entre iguales —entre individuos— solo puede haber, socialmente hablando, pactos, contratos, acuerdos. De ahí que los modernos se engañen a sí mismos cuando comprenden la relación entre hombre y mujer como la expresión de un trato entre iguales, aun cuando esté mediado —y ahí reside la trampa— por el deseo más elemental. El deseo hace creer a los amantes que su relación se sostiene por sí misma. Pero una cosa es el deseo y otra la atracción que se establece entre quienes representan algo más alto de lo que son en tanto que simples individuos. El deseo tiene fecha de caducidad. El vínculo arquetípico, no. Hombre y mujer pueden ser iguales ante la Ley, pero no son lo mismo. Una mujer es un ser extraño para el hombre. Y viceversa. Una mujer no es como un hombre, solo que con trenzas. Su poder sobre el hombre —y viceversa— no se sostiene solo por lo que provoca un chute de testosterona. Por encima de cada mujer hay una madre o una hija —o también una vestal—. Por encima de cada hombre, un padre o un hijo —o también un lobo—. Por eso, una vez hombre y mujer se distancian de lo que representan cósmicamente, una vez su modo de ser se convierte antes que nada en un papel —una vez se individualizan—, su relación ya no puede seguir siendo la misma que cuando el matrimonio era, por naturaleza, indisoluble (como hoy en día sigue siéndolo la relacion de unos padres con sus hijos). Los individuos, a lo sumo, pueden llegar a encontrarse, cosa la cual supera, probablemente, la intensidad de los lazos arquetípicos. Pero el encuentro es siempre fugaz, algo así como un vestigio de otro mundo. Un encuentro, de hecho, solo es posible tras el fracaso del cosmos.

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