el Gollum

enero 5, 2015 § Deja un comentario

Desde una óptica cristiana, incluso en el gollum más abyecto sobrevive un resto de bondad. Podríamos decir que se trata de un motivo de esperanza. La posibilidad del bien permanece ahí, latente, a pesar del mundo. Sin embargo, esta idea, mejor dicho, esta convicción conduce directamente a la catástrofe, en su sentido más literal, a saber: a la disolución del marco cósmico en el que las potencias de la luz se enfrentan a las fuerzas del mal. Y de ahí al ateísmo hay que dar muy pocos pasos. Pues una fe desprovista de su dimensión cósmica —un creyente que no pueda participar de un drama sobrehumano— acaba siendo, en el mejor de los casos, una receta moral. Tarde o temprano, podremos prescindir de Dios. Y, así, en vez de resurrección, tendremos resilencia, en vez de culpa, error. De ahí que el judaísmo rabínico se resista a la tesis cristiana del Gollum. Para el rabino, tomarse en serio el Mal, supone creer que el resto de bondad puede desaparecer. La chispa divina del hombre llega a apagarse en manos de Satán. El hombre puede morir antes de tiempo. De ahí que la fe en Dios sea, en último término, la fe en un Dios capaz de resucitar a los muertos, algo del todo imposible. Suponer que en los hombres hay un resto de bondad que necesariamente sobrevive, inmaculado, al envite del Mal, sin duda hace más comprensible la restauración del genocida, su conversión. Pero hace difícil creer que solo un Dios puede salvarnos (Heidegger dixit). Si la bondad sobrevive como la posibilidad eterna del hombre, entonces Dios queda reducido, en el mejor de los casos, a la figura de un catalizador. Por eso, si hay Dios —si Dios es algo más que un agente purgador—, la bondad solo puede permanecer en el genocida como aquello definitivamente perdido: como eso que sigue presente solo porque fue. La bondad natural que pueda haber en el hombre no es del hombre, esto es, se encuentra en el hombre de un modo anecdótico, contingente, casual. El hombre, desde una óptica bíblica, no es bueno, sino en cualquier caso, aquél llamado a la bondad. De ahí que lo determinante bíblicamente no sea ser buenos, sino responder a la llamada de Dios. En este sentido, no deja de ser sintómatico que quienes responden a esa llamada difícilmente lleguen a decir de sí mismos que son buenos. La bondad, como cuanto es verdadero, no es algo de lo que podamos apropiarnos.

 

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