el creyente y el filósofo

diciembre 19, 2014 § Deja un comentario

Decían los escolásticos que la filosofía era la sierva de la teología. En este sentido, el filósofo se encargaba de justificar la necesidad formal de una trascendencia, cuyo contenido quedaba establecido por la vía de la Revelación. Era así que la Revelación quedaba legitimada como verdad razonable. Ahora bien, a la filosofía le cuesta entrar por la puerta del servicio. La actitud del filósofo no acaba de hacer buenas migas con la que caracteriza al típico creyente, pues este último se encuentra, por decirlo así, anclado en el prejuicio acerca de Dios. Hay —dice el típico creyente— más allá. Y de ahí no sale. Así, el típico creyente da por descontada la existencia de lo invisible, de tal modo que trata con espíritus como cualquiera puede tratar con las cosas que tenemos a mano. Por contra, la actitud del filósofo es la de quien se interroga sobre el prejuicio, en definitiva, sobre lo que damos por sentado, permaneciendo, así, en el estado de una cierta perplejidad o, como suele decirse, en la docta ignorancia de quien, con respecto a lo que hay, no sabe en definitiva qué decir, en tanto que la realidad siempre da un paso atrás con respecto a cualquiera de sus posibles representaciones. Así, a diferencia del típico creyente, el filósofo no permanece anclado, sino en suspenso, como quien dice. Ahora bien, ¿no es esta una actitud concomitante no ya con la del típico creyente, sino con la del creyente a secas? ¿Pues acaso no es el creyente —el creyente bíblico— quien no puede, precisamente, dar a Dios por descontado en tanto que sufre la desaparición de Dios, quien permanece en estado latente a la espera del acontecimiento final, acontecimiento que ni siquiera puede imaginar salvo de un modo, sin duda, extravagante?

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