el espíritu judío

diciembre 13, 2014 § Deja un comentario

¿Cómo entiende un judío la escisión que nos habita? En cualquier caso, no como la entiende un griego. ¿Y qué dice un griego, mejor dicho, un platónico? Pues que por un lado tenemos el cuerpo y por otro el espíritu. Es decir, por un lado, nuestras inclinaciones más elementales, aquellas a las que les basta con comer. Por otro, nuestra aspiración a lo eterno, lo incondicional, lo verdadero, en definitiva, a que algo ocurra en verdad en nuestra vida, por definición, algo extraordinario. Con otras palabras, dentro de nosotros habitan dos impulsos: el que nos empuja a poseer, incoporar (literalmente) cualquier alteridad y el que nos fuerza a respetarla como eso inalcanzable que, en definitiva, es, a participar, como quien dice, de lo realmente otro. Esta manera de entender la escisión nos obliga a tomar partido: o somos cuerpo (y nuestra aspiración a lo que es en verdad se revela como ilusión), o somos alma y el cuerpo es una prisión, un estorbo. Ciertamente, cabe otra opción (que sería la que defendió de algún modo Aristóteles), a saber, que la escisión es lo que somos: que el alma (hoy diríamos el yo) es un continuo diferir de la corporalidad. Que sin cuerpo con respecto al que diferir no somos nada. Que la materia no es un inconveniente, sino el lugar del espíritu. Pero, en cualquier caso, lo que ahora nos interesa es la vía platónica. Pues lo característico de la antropología bíblica se entiende mejor si se contrasta con dicha vía. Y es que un judío no diría, en ningún caso, que somos espíritus encerrados en cuerpos. El hombre es, bíblicamente hablando, carne. ¿Y de qué hablamos cuando hablamos de la “carne”? No del cuerpo como lo opuesto al espíritu. Un judío no se piensa a sí mismo por medio de categorías ontológicas. Esto es, la pregunta por lo que somos en definitiva, como quien se pregunta por la naturaleza del chimpancé, carece de sentido. La carne es una situación, a saber, aquella en la que se encuentra el hombre. Y toda situación es relativa a un punto exterior, en este caso, Dios. El hombre es aquel que, por un lado, se encuentra sometido a la llamada de Dios —pues Dios es el que llama con la voz de los “sin Dios”— y, por otro, el que existe de espaldas a esta llamada. La noción de carne intenta exponer esta situación en la que los hombres se hallan. Por decirlo de otro modo, los hombres no son, sino que están, existen. Su ser —como el ser mismo de Dios— es continuamente diferido a un futuro absoluto. Dios y, por consiguiente, el hombre, en sí mísmos, son los que están por ver, por decirlo así. En sí mismos no son. La expresión “en sí mismo” tan familiar al pensamiento griego le es del todo extraña al judío. De ahí que bíblicamente digamos que el hombre se encuentra en el espíritu de Dios cuando responde a su llamada y no que el espíritu habite en el corazón de los hombres como si se tratara de un instinto característico. El espírítu, así, no es algo que posea el hombre en lo más profundo de su ser. No es una chispa divina que luche por liberarse de la crosta del egoísmo o la perversión de la materia. Todo esto de la chispa divina es griego y, en definitiva, gnóstico. Y en este sentido, no será casual que con el tiempo los hombres entiendan esa chispa como algo que les pertenece por defecto —como lo más auténtico que hay en ellos— y, por consiguiente, no sepan qué hacer con la radical exterioridad de Dios.

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