a vueltas con Job

noviembre 24, 2014 § Deja un comentario

¿Por qué hay Mal? Porque hay Dios, aun cuando Dios no exista. Mejor dicho: porque Dios es la pregunta que siempre esta ahí, aun cuando haya quienes la ignoren. Porque Dios, en sí mismo, permanece como la ignotum X del Mundo, como la realidad siempre pendiente —y, por tanto, siempre diferida— de la existencia. La trascendencia de Dios debería comprenderse así como esa ausencia —esa nada, ese silencio— que mantiene el mundo en vilo e impide el cierre inmanente de la totalidad. Hay Mal, pues, del mismo modo que hay Bien. Hay escándalo porque hay asombro. El Mal es el lado oscuro del don. Luz y oscuridad —vida y muerte— se nos dan desde la incomprensibilidad acerca de lo último, desde su invisibilidad, su eterno más allá. En última instancia, la pugna entre el Bien y el Mal no se comprende, bíblicamente, en los términos de un combate entre fuerzas antagónicas, tal y como lo comprende el mito, sino como la pregunta que clama hacia lo alto: si la vida es un don de Dios, que lo es —al menos en tanto que la vida se nos da desde el horizonte de un Dios que se ha negado a sí mismo hasta desaparecer—, ¿cómo es que hay tanta vida arrancada antes de tiempo, tanta muerte injusta? Podríamos decir que un creyente, a diferencia del homo religiosus, no sale de su perplejidad. Esto es, un creyente no resuelve la cuestión de Dios en los términos de un saber, ni siquiera hipotético. Un creyente, en tanto que lo que debe ser no puede llegar a ser, se encuentra a la espera de lo imposible, de lo que el mundo, ningún mundo, puede admitir como su posibilidad.

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