la experiencia de la resurrección

octubre 29, 2014 § Deja un comentario

Digámoslo a lo bruto: no hay algo así como una experiencia individual de la resurrección. La resurrección no es un hecho que cualquiera pudiera experimentar por su cuenta y riesgo como quien contempla una aurora boreal. No cabe una visión de la resurrección. La resurrección exige la fe, mejor dicho, el sistema de la fe. Sin embargo, de aquí no se deduce que la creencia en la resurrección sea propiamente una interpretación subjetiva de hechos, de por sí, neutros. Esto es, aquí no vale aquello “para mí, Cristo sigue vivo” o su variante: “para mí es como si Cristo hubiera resucitado de entre los muertos”. Dejando a un lado que la resurrección no es un modo de hablar de la inmortalidad del alma, lo cierto es que la resurrección como afirmación solo resulta inteligible en el contexto de la esperanza apocalíptica del judaísmo antiguo. Y es obvio que el lenguaje de la resurrección ya no se encuentra socialmente disponible. Como sabemos, la resurrección es un acontecimiento escatológico, algo así como una anticipación de los últimos días. Para algunos judíos de la época, la resurrección de los muertos era la condición del Juicio universal. Nadie escapa al Juicio de Dios. Dios es Señor de vivos y muertos. Ergo, los muertos tienen que resucitar para que puedan ser juzgados… aunque nos resulte literalmente increíble. Así, Dios resucitó a Jesús como el primero de muchos, para elevarlo a su derecha. Evidentemente, esto nos queda muy lejos, entre otras cosas porque la mayoría de los creyentes ya ni siquiera suponen que se encuentran sub iudice. Además el lenguaje de la resurrección es solidario de la expectativa mesiánica, al menos de una de sus variantes. Es decir: la resurrección se deriva del reconocimiento del Crucificado como Mesías. Jesús tuvo que resucitar porque era el Mesías. El Mesías irrumpe en la historia como el heraldo del Dios de los últimos días. Para un creyente de la época, el Mesías es Juez en nombre de Dios. Es posible que hubiera una tumba vacía y que este hecho, visto desde una sensibilidad apocalíptica, condujera a confesar a Jesús como Mesías. Es posible también que dicho reconocimiento fuera, en algunos cenáculos, independiente de la tumba vacía. En los orígenes, ciertamente todo es mezcla (y puede que no solo en los orígenes). Sea como sea, las dos cosas van juntas. Las apariciones, como dicen los exegetas, no demuestran la resurrección, sino que la presuponen. Porque creemos que Jesús fue resucitado por Dios de entre los muertos podemos reconocerlo entre los hombres. Cualquier intento de comprender la resurrección en los términos de la psicología individual —aquello del “para mí, Cristo resucitó porque así lo siento”— conduce al gran malentendido en el que se halla el cristianismo actual. De hecho, la subjetivización, mejor dicho, la sentimentalización de la experiencia cristiana es el síntoma de los lejos que nos hallamos de la expectativa mesiánica. Ahora bien, que no se trate de una experiencia individual no implica que no se trate de una experiencia en absoluto. Resulta innegable que la resurrección fue una experiencia. La resurrección no fue solo pensada —no fue solo deducida—, sino vivida. Nadie da su vida por un resucitado meramente deducido. Pero si fue vivida es porque fue una experiencia comunitaria. Es decir, si hay que recurrir a los términos de la psicología estos solo pueden ser los propios de una psicología social. Una vez la resurrección fue proclama está se difunde como espíritu de la resurrección. O, por decirlo en términos más coloquiales, como ese ánimo que s'encomana. Nadie cree por su cuenta y riesgo, esto es, en solitario, sino que la fe, como el amor, nos la damos los unos a los otros. La fe o circula o muere.

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