pure nihilism

abril 23, 2017 Comentarios desactivados en pure nihilism

Incluso si la Historia terminara felizmente –incluso si los hombres dejaran en un futuro de matarse entre sí, si cesara el hambre y la sed–, la humanidad acabaría extinguiéndose, como si no hubiera ocurrido nada. Nada por arriba. Nada por debajo. La vida como el truco de un prestigitador –la vida como farsa. Ni siquiera la eternidad es una solución. Pues solo perdiendo la conciencia de sí, el hombre podría soportarla. Por eso un espectro que no es mucho más que una especie de larva en simbiosis con la divinidad, difícilmente puede valer como promesa de redención. Cuanto podamos decir de Dios en verdad tiene que partir de este dato. Y es que no hay saber con respecto al final. Ni siquiera en nombre de Dios. Al fin y al cabo, no tenemos ni idea acerca de las últimas cosas. En cualquier caso, una ciega confianza en que finalmente habrá un Sí. A pesar de que no tengamos ni idea de cómo se concretará. Sobre todo si tenemos en cuenta de que Dios, en el más allá, seguiría estando por ver. Dios es un misterio absoluto, y no aquel que permanece tácticamente oculto tras una mampara. Y es por eso que cuanto llegaremos a ver de Dios en el futuro no será más, aunque tampoco menos, que el rostro de un resucitado, algo que, de por sí, ya nos da a entender el carácter increíble de la esperanza creyente. Lo dicho: ciega confianza.

el Espíritu no es un Red Bull

abril 22, 2017 Comentarios desactivados en el Espíritu no es un Red Bull

No deja de ser curioso que si posees un camión, pongamos por caso, no tengas ningún problema en admitirlo, mientras que si has sido alcanzado por el Espíritu de Dios, difícilmente dirás de ti mismo que eres un hombre de espíritu. La analogía con la sabiduría socrática es inmediata: el saber, propiamente, pasa por reconocer que en definitiva nos iremos con las manos vacías —que con respecto a las grandes palabras no sabemos de lo que estamos hablando. Basta constatarlo, para desenmascarar a tantos farsantes que hay por ahí. Con respecto a la verdad, cuanto más cerca, más lejos. Y es que la verdad —y, por extensión, la verdad del Espíritu de Dios— es lo que en verdad acontece como lo im-posible, como eso que el mundo no puede admitir como su posibilidad, ni siquiera como la posibilidad de un mundo sobrenatural. La verdad, en este sentido, no pertenece al mundo, a ningún mundo. La vida del espíritu es, por eso mismo, una vida descentrada, una vida que reconoce que su centro está fuera de sí, en esa alteridad que el mundo no puede aceptar como posible. Cuando menos, porque lo posible siempre se determina desde las condiciones de receptividad del yo. Así, lo posible solo es posible, valga el juego de palabras, porque la alteridad ha sido reducida a eso que damos por descontado y, por eso mismo, no puede aparecer como tal. En este sentido, el Espíritu de Dios es aquel que nos descentra en tanto que nos obliga a responder a la demanda de los que han sido desposeídos de cualquier espíritu, incluso de cualquier identidad. La alteridad se nos hace presente como esa falta de ser de quien clama por Dios, de aquellos que se encuentran fuera del mundo porque no cuentan para el mundo. Pero diría que nos hallamos sujetos a su demanda como demanda insoslayable, una vez hemos sido despojados del ánimo que nos permite confiar en nuestras fuerzas. El Espíritu de Dios acontece entre indigentes. De ahí que planee sobre las cenizas del hombre. Pues el Espíritu, en tanto que Espíritu de Dios, es un resto. Es lo que queda de Dios, donde Dios aparece como el desaparecido en combate. Y lo que queda de Dios —ese hueco— habita en el cuerpo de quienes claman por Dios y obran en consecuencia. Pues quien clama por Dios desde el abismo del corazón terminará reconociendo en el llanto de los hambrientos la respuesta de Dios a su clamor. Dios responde a la inquietud del hombre con la demanda infinita que nace de aquellos que no tienen pan. Pero es igualmente cierto que, desde la óptica de las víctimas, Dios responde con aquel que obedeciendo a su mandato, el que se expresa con el grito de quienes dirigen su mirada a un cielo de plomo, les ofrece el pan que les falta. Cristianamente, el Espíritu de Dios se materializa en el pan que sacía el hambre. Como decía Nikolai Berdyaev, que me falte el pan es un asunto material. Pero que le falte el pan al otro es un asunto espiritual. Ciertamente, los hambrientos reconocen al Redentor en el hombre que les da el pan. Pero quien da el pan que sacía el hambre no dice de sí mismo que está lleno de Dios, sino que parte el pan —no el que le sobra, sino su pan— como ofrenda, por decirlo así, al Dios que reconoce en el rostro de los hambrientos. El Dios que arraiga en el corazón de los hombres es un Dios que se encuentra fuera del hombre como el rostro que pide el pan de cada día. Quienes sostienen que en el fondo de cada hombre habita Dios a la manera de una chispa divina se equivocan, si creen que para encontrar a Dios, basta con desprenderse ascéticamente de la crosta de egoísmo que impide que la chispa divina brille como tiene que brillar. El hombre no puede por sí mismo alcanzar a Dios. “Me buscaréis y no me encontraréis” (Jn 7, 34). Es verdad que Jeremías (Jr 29, 13) dice aparentemente lo contrario. Pero el profeta insiste en que esa búsqueda debe nacer del fondo del corazón, y bíblicamente el corazón del hombre late por la falta de Dios. Quien busca a Dios desde su desesperación encuentra ciertamente a Dios, pero no como lo esperaba. Podríamos decir que la ascesis puede ser incorporada a la experiencia creyente cuando fracasa en su intento de entrar en contacto con Dios. En cualquier caso, la chispa divina, si la hubiera, permanece dormida hasta que no la despierta el griterio de los hombres. Quienes se hallan en el Espíritu de Dios siempre ven a Dios en el otro. De ahí, el carácter personal del Espíritu. Dios es el que se entregó a los hombres como Cristo crucificado. Pero esa entrega fue de Dios porque Jesús de Nazareth escuchó el clamor, a menudo sordo, de los desposeídos de Dios como la voz misma de Dios. El Espíritu de Dios acontece entre los hombres que permanecen a la espera de Dios —los sin Dios. El Espíritu de Dios es el de un Dios que se pone en manos del hombre como hombre de Dios y, por consiguiente, como hombre que soporta sobre sus espaldas la caída de Dios. La voz imperativa de Dios no desciende de la alturas, sino que emerge de los estómagos del hambre, precisamente, porque en las alturas tan solo habita el nombre de Dios, un nombre que tiene pendiente su referencia, su quién. Y lo que confesamos cristianamente es que el quién de Dios es el de aquel que murió como un perro en el nombre de Dios, al fin y al cabo, en su lugar. Tampoco debería extrañarnos, cuando menos porque no hay otro Dios que el encarnado y la carne es un cuerpo abandonado de Dios. Desde la óptica de la fe, el Espíritu de Dios es el Espíritu de quien colgó de una cruz como un maldito de Dios. De hecho, a los discípulos no se les entregó el Espíritu hasta que Jesús no fue ensalzado, esto es, crucificado (Jn 7, 39). El Espíritu no habla de sí mismo (Jn 16, 13), sino de un Dios que se encuentra en falta y cuyo quién no es otro que un condenado por los hombres en nombre de Dios. Estamos lejos, por tanto, de una concepción tópicamente religiosa del Espíritu en donde este se concibe como la electricidad que ilumina y calienta nuestra existencia (la imagen es de Gerd Theissen), como si, al fin y al cabo, tan solo fuera cuestión de conectarnos al enchufe adecuado. Si esto fuera así, poseeríamos el Espíritu como quien posee un camión. Pues es imposible que quien pone los dedos en un enchufe no diga de sí mismo que ha sufrido una descarga. El Espíritu de Dios no es, por tanto, un chute de energía que podamos experimentar en nosotros mismos como quien se siente con fuerzas tras tomarse un red bull. En todo caso, el Espíritu de Dios se nos da en la chute de Dios.

relativismo moral

abril 20, 2017 Comentarios desactivados en relativismo moral

Podríamos creer que el hecho de que no haya un consenso sobre la mejor vida para el hombre tiene que ver con la inexistencia de razones que demuestren de una vez por todas que es lo que el hombre debería hacer consigo mismo. Sin embargo, que no parezca que existan dichas razones no es tanto la causa como la consecuencia de suponer que lo originario del hombre —lo que define su humanidad— es la libertad y no un fin natural que deba ser realizado. Para Aristóteles, pongamos por caso, la finalidad del hombre es la vida contemplativa, la vida del sabio, aun cuando admitiera también que, para el común de los mortales, bastaba con vivir con un sentido de la prudencia. Nadie hoy en día se atrevería a decir que una vida dominada por el deseo más o menos elemental —una vida incapaz de diferenciar entre lo que uno desea y lo que uno quiere en realidad— es una vida equivocada. La libertad griega es, en definitiva, una liberación de sí mismo, una libertad que se comprende como dominio de sí, precisamente, para perseguir lo que en verdad importa o es digno de ser alcanzado, teniendo en cuenta quienes somos… en tanto que humanos. Pero hoy en día esto del dominio de sí suena a represión. Es por esto que modernamente la libertad se entiende como la libertad de hacer lo que uno desea o cree que debe hacer y no una libertad para realizar aquello a lo que el hombre está destinado. En este sentido, no es casual que a menudo no sepamos qué decirle, más allá de cuatro tópicos, a quien prefiere las muñecas hinchables a las mujeres de carne y hueso, si eso es lo que le hace feliz. Quizá nos atrevamos a decirle que no es lo normal o que no ha madurado lo suficiente. Pero difícilmente podremos justificar nuestro juicio apelando a lo que es propio de la naturaleza humana. Difícilmente nos atreveremos a decirle que una muñeca hinchable no puede hacerle verdaderamente feliz —que si se contenta con ella es porque ha cercenado su humanidad; que quizá pueda desearla o apetecerle, pero que no puede en realidad quererla. Nuestra concepción de la libertad no admite una crítica del deseo, cuando menos porque damos descontado que el deseo es legítimo, siempre y cuando, su satisfacción no impida que los demás puedan realizar su propio deseo. Pero, desde la óptica de la Antigüedad, no todo deseo es legítimo. Pues, uno siempre es esclavo de lo que desea. Un deseo es un implante, aun cuando nos identifiquemos, equivocadamente, con él. Hay deseos que pervierten aquello a lo que el hombre, en cuanto tal, está destinado, en última instancia, aquello que se encuentra por encima de él, como quien dice. No es lo mismo identificarse con lo que uno desea que con lo que uno quiere, al menos porque lo que reclama nuestra adhesión —nuestra voluntad— no es algo que podamos alcanzar. La integridad —el ser de una pieza, en definitiva, el carácter— no es posible en relación con lo que deseamos, sino solo con respecto a lo que exige una entrega incondicional. Y lo que exige dicha entrega es algo que siempre se ubica más allá de donde nos encontramos. De hecho, con respecto a lo que queremos en realidad, cuanto más cerca, más lejos. Pero esta distinición entre lo que deseamos y lo que debe ser perseguido, si pretendemos llegar a ser quienes en verdad somos, hace tiempo que ha dejado de ser un lugar común. De ahí que nos cueste decirle al chico de la muñeca hinchable que lo que está en juego no es si tiene o no derecho a preferir lo que prefiere, pues modernamente lo tiene, sino qué tipo de sujeto estamos llamados a ser. No juegan la misma liga, quienes prefieren estar con una muñeca que aquellos que ven en la mujer un alma que nunca llegará a poseer aun cuando la abrace intensamente. En último término, no hablamos de preferencias distintas, sino de la diferencia entre el hombre y la bestia.

 

King Kong

abril 19, 2017 Comentarios desactivados en King Kong

El otro día volví a ver la versión de Peter Jackson de King Kong. Como es sabido, se trata de una variante del mito de la Bella y la Bestia. King Kong representa la fantasía femenina por excelencia: una bestia que come de su mano. En este sentido, la escena final resulta significativa: Kong muere despeñado, y en su lugar aparece el poeta. La mujer ha realizado su deseo, transformar a la bestia. El problema es que una bestia domada deja de ser una bestia. De ahí que la fantasía femenina, la que representa su deseo, sea insatisfacible. Si tiene a la bestia, no tiene al poeta. Y al revés, si tiene al poeta, no tiene a la bestia. La idea de que Kong sea una bestia de una sola mujer es, de hecho, un imposible. Pues si se trata de una bestia, con una mujer no tendrá suficiente. Ahora bien, el mito de Kong también apunta a la fantasía del hombre. Pues no hay bestia que no quede hechizada por el encanto de la mujer pura. Con todo, si cae en el hechizo y, en consecuencia, llega a comer de su mano, será porque la mujer pura se halla bajo su dominio. Sin embargo, dominio es poder y el poder no se ejerce sin víctimas. De ahí que la fantasía de la bestia, una vez consigue poseer a la bella, exija dejar una puerta abierta. Esto es, la fantasía de la bestia dinstingue entre la mujer necesaria y la contingente, como decía Sartre, o en términos más directos, entre la madre y la amante. El problema es que la madre no aceptará la existencia de la amante —o la amante, si ha habido conexión, no aceptará ser tan solo una mujer contingente. Por eso el deseo del hombre es igualmente insatisfacible. Ambas fantasías, la de la mujer y la del hombre, solo pueden realizarse ocultamente, esto es, mintiendo o traicionando al poeta o a la madre. El deseo sexual no logra satisfacerse por completo, si no es renunciando, como quien dice, a la integridad. Quizá por eso Lacan defendía que no había propiamente relación sexual. O lo que viene a ser lo mismo, hombre y mujer no pueden encontrarse en el deseo. Pueden quizá creerlo, por aquello del chute emocional, pero en verdad no hay encuentro, sino en cualquier caso malentendido. Ambos deseos son incompatibles. De ahí que hombre y mujer tan solo lleguen a encontrarse tras la quiebra de la fantasía y, por consiguiente, como esos indigentes que ya son incapaces de creer en su propio deseo. No es casual que los griegos distinguieran entre eros y agape.

el despertar

abril 19, 2017 Comentarios desactivados en el despertar

Hay niveles de conciencia. La habitual —la que nos extraña del mundo, la que conduce a un yo acentuado— y la profunda, por olvidada. Esta última la alcanzamos fácilmente en los momentos de entrevela, aquellos en los que, por ejemplo, sentimos a flor de piel lo sobrecogedor de hallarnos en medio de una habitación. Es la conciencia de quien aún no ha levantado los muros protectores del yo, los muros que nos permiten reducir la naturaleza inaprehensible de lo real a lo que puede ser dominado. La conciencia profunda es una conciencia hecha cuerpo, por decirlo así, la que hace posible entrar en comunión con lo que nos sobrecoge. Las técnicas espirituales, sobre todo las de procedencia oriental, pretenden, en definitiva, recuperar el estado primordial de la conciencia, permanecer en la medida de lo posible ahí. Evidentemente, aquí no hace falta suponer la existencia de ningún Dios personal. Basta con hablar del espíritu de interconexión, como hace Paul F. Knitter con razón. Sin embargo, la otra conciencia, la que reposa sobre un yo robusto no es algo que podamos despreciar sin arrojar al niño con el agua sucia. Pues es la conciencia que nos abre los ojos, aunque no necesariamene, al sufrimiento indecente de tantos y nos convierte en su rehén. Tanto en un estado de conciencia como en el otro, hay desnudez. Es la desnudez que acontece ante lo sobrecogedor. Pero, a pesar de su aire de familia, no se trata de la misma desnudez. O nos desnudamos, por decirlo así, ascéticamente, o somos desnudados por la impiedad del mundo. Lo que tenemos presente en ambos casos no es lo mismo. En el primero, tenemos presente el carácter sobrecogedor del milagro, de que haya algo en vez de nada. En el segundo, el carácter sobrecogedor de la impiedad de los hombres. Reunir ambos estados de conciencia está al alcance de muy pocos. Job, por ejemplo (y no es casual que Job sea, en realidad, un personaje, una figura paradigmática). Pues, lo que se le revela a Job es, precisamente, que el asombro y el escándalo son las dos caras de una misma moneda. Donde nos quedamos solo con lo primero —o solo con lo segundo— no podemos evitar el lado oscuro de cada uno de los dos estados de conciencia. Donde solo apuntamos a la conciencia que supone la disolución de los límites que circunscriben al yo —donde solo nos quedamos con el asombro, aunque sea teñido de piedad—, la alteridad con la que entramos en comunión carece de rostro. Pero donde solo nos quedamos con lo segundo, es posible que no podamos ir más allá del compromiso ético, aunque sea con la excusa de Dios. Es posible que, al fin y al cabo, partir del asombro o del escándalo sea una cuestión de carácter o, si se prefiere, de sensibilidad cultural. Pero, por eso mismo, quizá la vida espiritual consista en tensar la propia existencia hacia el otro polo —o cuando menos tenerlo vivamente en cuenta. Con todo, es muy difícil para una sola existencia. De ahí que la presencia del espíritu no sea una asunto personal, sino, en último término, comunitario.

nietzscheanas 43

abril 18, 2017 Comentarios desactivados en nietzscheanas 43

Lou Andrea Salomé dijo una vez que Nietzsche era el profeta de una humanidad sin prójimo. Probablemente, diera en el clavo. Pues donde no cabe alteridad —donde todo se da según la medida del yo; donde lo real es antes que nada mis representaciones de lo real; donde la exterioridad es, de entrada, algo por demostrar—, la conducta moral de un sujeto solo puede entenderse como una reacción a estímulos. Sin otro que valga, el hombre es una máquina biológica compleja. Así la compasión, pongamos por caso, no sería más que un dejarse llevar por el sentimiento que provoca nuestra capacidad para ponernos en la piel del que sufre, teniendo en cuenta que si creemos que debemos compadecernos del que sufre es porque esa inclinación ha sido socialmente aplaudida. En cualquier caso, lo dicho: aquí, desde el punto de vista de Nietzsche, no habría más que reacción y una reacción, provocada, en último término, por el resentimiento. La compasión sería la inclinación propia del esclavo, cuando menos porque quien se compadece no puede evitar sentirse por encima. La compasión alivia el sentimiento de inferioridad del esclavo. Quien reacciona —quien se deja llevar por su inclinación— no ve al otro como realmente otro, sino como el motivo de su reacción. Pues, el otro en verdad es la alteridad de quien tienes delante y que, por eso mismo, no es integrable en el marco de una sensibilidad. La alteridad del otro es, por definición, inalcanzable, pues el carácter otro del otro siempre se muestra como un no acabar de ser lo que aparentemente es y podemos asimilar, su aspecto. En tanto que inalcanzable, el otro es superior. La alteridad  se revela como la superioridad del indigente. El otro es aquel cuya vida debe ser preservada a cualquier precio. Así, un sujeto o bien se encuentra sujeto al otro, o bien a las exigencias que emanan de su receptividad y que hacen que la alteridad quede reducida a mera representación de la alteridad. No hay alteridad que valga para quien se encuentra sujeto a sí mismo. Para quien no es mucho más que su reacción, el que sufre no es aquel que nos juzga, aquel de cuyo juicio depende el sí o el no de nuestra entera existencia. Ciertamente, nos podemos sentir mal por pasar de largo, pero no condenados. Para que nos comprendamos sub iudice es necesario que el otro sea, como decíamos, nuestro superior —o, por decirlo en cristiano, aquel que ocupa el lugar de un Dios en falta. En última instancia, tan solo hay encuentro con el otro cuando te hallas en sus manos, cuando el otro, en tanto que indigente, es tu Señor, aquel al que le debes una respuesta. No hay, por tanto, encuentro sin culpa —sin un estar en deuda con aquel que padece una falta de ser. Y ello porque, en definitiva, la vida nos ha sido dada desde el horizonte de la nada de Dios.

clandestinos

abril 17, 2017 Comentarios desactivados en clandestinos

Parece ser que Carvajal, defensa del Madrid, reza en el baño antes de cada partido. Dejando a un lado, el carácter, discutible, de estos rezos, pues Dios no parece que esté por la labor, como tampoco lo estuvo a la hora de atender las invocaciones de quienes iban a ser gaseados, lo significativo aquí es que Carvajal ore a escondidas. Como si le sonrojara, fuera de la cancha cristiana, rezar un padrenuestro. Todo un síntoma de dónde estamos. Puede que llegue un momento que hasta nos avergoncemos de ser fieles a nuestra esposa. No es lo que se lleva.