la cruz y el nirvana

mayo 22, 2017 Comentarios desactivados en la cruz y el nirvana

Es díficil concebir a alguien que pueda aspirar al nirvana ante aquel que cuelga de un poste como si no fuera un hombre. Y más si se trata de su hijo. No me imagino a María en la posición del loto al pie de la cruz o cantando el magnificat. Tampoco creo que a María le faltase una dosis de iluminación. Que el cristianismo haya identificado a Dios con el despojo del hombre es algo que roza el oxímoron. El kerigma cristiano es más que una audacia: es una pro-vocación. Nada que ver con la creencia que da por sentado que Dios es algo así como el fondo energético de la existencia.

sören-beckett

mayo 21, 2017 Comentarios desactivados en sören-beckett

—Ateo: no creo que haya Dios.

—Creyente: te equivocas.

Ateo: demuéstrame, pues, que Dios existe. 

Creyente: de hecho no creo que exista.

cristianismo y violencia

mayo 21, 2017 Comentarios desactivados en cristianismo y violencia

Hay veces en que un cristiano se ve empujado a la violencia. Quizá uno de los casos más paradigmáticos sea el de Camilo Torres, sacerdote colombiano, que tomó las armas en los años sesenta para combatir junto a la guerrilla. Por su parte, Dietrich Bonhoeffer formó parte del grupo que conspiró para matar a Hitler. Su caso, sin embargo, fue distinto. Bonhoeffer era consciente de que la violencia, aun cuando necesaria, no puede evitar pactar con el diablo. De ahí que dijera que, de tener él que matar a Hitler, abandonaría primero la Iglesia para que nunca fuese dicho que mató al Führer en nombre de Dios. Sin embargo, su decisión tiene mucho de guardar las apariencias. Pues, no deberíamos olvidar que tomó esta decisión como cristiano. Estamos ante una variante de la razón de Estado: por un lado, no podemos decir que Dios exija matar a Hitler; pero por otro, Bonhoeffer conspira para matarlo llevado por la compasión hacia Israel. Simplemente, no hay derecho que en nombre de la pureza racial un pueblo sea exterminado. Tener que hacer lo que no debe hacerse: este es el asunto y un asunto trágico. Pues, como decía Kierkegaard, cuando tocamos fondo, hagas lo que hagas, te equivocas. Quizá no haya mejor definición de la finitud humana que ésta.

vida tras la muerte

mayo 20, 2017 Comentarios desactivados en vida tras la muerte

La pregunta cristiana es, en el fondo, quién está vivo. Y la respuesta ya la sabemos: quien regresa de la muerte. La mujer que, tras haber sufrido la muerte de sus hijos en Auschwitz, decide ponerse en manos de los huérfanos de Israel; la madre que da su sangre para que siga con vida el soldado que asesinó a sus hijas… El kerigma cristiano es ininteligible si prescindimos de las historias de quienes, sin tener vida por delante —los muertos—, nos entregan una vida imposible. Sin estas historias solo podemos aproximarnos al cristianismo como una religión entre otras y, en último término, como el objeto de una fenomenología de la religión. En definitiva, lo que proclamamos cristianamente es que Dios sigue vivo como crucificado que perdona a sus verdugos —como hombre que regresa de la muerte con una vida que es sobrehumana solo porque procede del más allá de la muerte. Esta vida no es solo de Dios, pues en ese caso, Dios seguiría siendo un titiritero espectral, pero tampoco solo del hombre, pues el gesto del crucificado sería tan solo un gesto moral, aunque excesivo y, por consiguiente, no exigible. El Dios vivo supone la muerte del Dios de la religión. Pues el cristianismo, en definitiva, impide que podamos concebir a Dios sin el hombre, pero también que podamos pensar al hombre sin su estar referido a Dios. La muerte es el quicio donde se decide la reconciliación de Dios con el hombre y, así, la implosión del marco religioso que conserva a Dios en la pureza de una cumbre inaccesible para el hombre. No es casual que el precio que paga la religión a la hora de imaginar esa reconciliación sea, precisamente, la disolución del hombre como tal.

el uno y lo trágico

mayo 20, 2017 Comentarios desactivados en el uno y lo trágico

Diría que hay dos modos de encarar la existencia. O bien creemos que, al final, todos terminaremos disolviéndonos en el Dios-Uno como si la escisión que constituye la individualidad fuese transitoria —como si el mundo, en definitiva, fuera algo así como un campo de pruebas en el que las almas purgan su karma; o bien, creemos que hay contradicciones que son insuperables y en relación con las cuales la existencia se define como impotencia. Esto es, o bien la reconciliación pasa por disover la diferencia ontológica entre el yo y lo Otro; o bien pasa por superarla, en el sentido hegeliano de la expresión, aquel en el que la diferencia de algún modo se conserva en la reconciliación. En el primer caso, el drama tiene un final feliz, en el peor sentido de la expresión, un final que no tiene que ver con nosotros, con nuestra carne. En el segundo, hablamos de lo trágico, de una existencia sujeta a fines que no pueden resolverse como equilibrio natural. La contradicción sería algo así como el non plus ultra de la existencia. Pero donde hay límite, hay más allá, aun cuando este más allá no pueda entenderse como otro mundo. Ningún mundo puede darse como lo último. De ahí que, desde este segunda óptica, lo último no pueda resolverse en los términos de un saber, ni siquiera hipotético. No está en nuestras manos determinar la verdad de Dios. En cualquier caso, vivimos de lo debido a Dios —de lo que ocupa el lugar de Dios tras su des-aparición.

Bhagavad-gitå

mayo 19, 2017 Comentarios desactivados en Bhagavad-gitå

En el Bhagavad-gitå, el texto clave del hinduismo, encontramos lo siguiente: “Hijo de Pritha, ¿cómo puede ese hombre, que sabe que el sí mismo es indestuctrible, perdurable, no nacido e inextinguible, decidir a quién puede matar, a quién puede causarle la muerte? […] Las armas no separan el sí mismo en secciones; el fuego no lo quema; las aguas no lo mojan; no necesita que se lo seque. No es divisible, no es combustible; no se moja ni debe secarse. […] Se dice que es imperceptible, que es inconcebible, que es invariable. […] Por lo tanto, no deberías lamentar la muerte de ningún ser.” La moraleja es inmediata: ni siquiera los genocidios importan. Algo así dijo Spinoza: sub specie aeternitatis, la Shoa es apenas un chispazo. La verdadera libertad es indiferencia: actúa como si no importara, como si cuanto sucede no obedeciera a ninguna voluntad o propósito. Es también inquietante la proximidad del fragmento con la filosofía de Nietzsche. Al final, todo queda en casa —en la casa del nihilismo. Como dice Slavoj Zizek, resulta difícil no hacer una paráfrasis: “el sí mismo no mata ni muere. Por consiguiente, no deberías lamentar la muerte de ningún judío en las cámaras de gas. El placer y el dolor, la ganancia o la pérdida, la victoria o la derrota valen por igual. Simplemente, déjate llevar. Haz lo que se te ordena hacer.” No es casual que, según cuentan, Heinrich Himmler llevara siempre consigo un ejemplar del Bhagavad-gitå. Quizá la pregunta no sea si el fragmento es o no verdadero, sino qué sujeto puede aceptarlo como verdadero. Más aún, por qué debe aceptarlo como tal. La pregunta por la verdad acaso tengamos que plantearla desde el horizonte de una crítica del sujeto de la verdad. De lo contrario, las creencias son tan solo como las diferentes marcas de whiskey que encontramos en los estantes del colmado. Pero creer una cosa u otra no es cuestión de preferencias. El sujeto que está convencido que lo último es el cuerpo arrodillado de quien tiene en sus brazos el cadáver de su hijo, no se sitúa en el mismo plano que aquel que sostiene que, en definitiva, no deberíamos lamentar la muerte de ningún ser. Mejor dicho, o ese cuerpo doblegado por un sufrimiento infinito es un error (y lo sería desde la óptica del Bhagavad-gitå) o es algo así como el non plus ultra de la existencia humana, en relación con el cual se decide el sí o el no. En este sentido, podríamos decir que el budismo del que hacemos uso en Occidente es un budismo capado, un budismo que resulta del tijeretazo que cercena los textos en nombre de nuestra insatisfacción… como consumistas. Se trata de un tijeretazo semejante al que realizó Marción con los evangelios: lo que no me sirve, no es. Y sin embargo, eppur si muove

homo sacer: the final cut

mayo 18, 2017 Comentarios desactivados en homo sacer: the final cut

¿Qué es lo verdaderamente sagrado? ¿Qué es lo intocable y, por consiguiente, inmanipulable? ¿Qué es lo que nos obliga a guardar silencio? ¿Qué es lo último? La religión dice, pongamos por caso, que la piedra de la Kaaba, esto es, la cosa que procede de otro mundo, aquella cargada con el aura de lo trascendente. Hoy podríamos decir: los residuos nucleares. Es lo que tenemos —es lo que nos queda— de esos poderes extraordinarios que rodean la existencia de los hombres. En ambos casos, hay que andar con tiento. Tanto la piedra de la Kaaba como los residuos nucleares son el punto de contacto entre el mundo y ese territorio vedado a los mortales. En cambio, nosotros decimos que lo último —lo sagrado, lo sobrecogedor— es el cuerpo arrodillado de un hombre ante el cadáver de su hijo. Esto es lo que inspira la verdadera reverencia —la verdadera devoción. Arrodillarse es cristianamente arrodillarse junto a los arrodillados. Desde la óptica cristiana, no hay inspiración sin conmoción —literalmente, sin catástrofe. De ahí que lo que queda de Dios donde no queda nada de Dios —donde Dios no aparece como dios— es, precisamente, lo sagrado para el creyente: el hombre que, tras la muerte del hijo, se pone en manos de los huérfanos de este mundo —aquel cuyo hijo se le aparece en el rostro de los que no tienen padre. Como ya viera Juan, muerte y resurrección son dos caras de una misma moneda. El resucitado lleva las marcas de la muerte en su piel. Nos equivocamos, pues, cuando entendemos la resurrección como si no hubiera habido muerte —como si la cruz no afectara a Dios. El Dios de la religión no sobre-vive a la cruz. Si nada le hubiera sucedido a Dios en el Gólgota, entonces no habría habido Revelación como tampoco Encarnación, sino en cualquier caso un Dios que, desde las alturas, confirma el proyecto de Jesús. Mejor dicho, si la Revelación es también una confirmación es porque Dios se revela como el que no existe al margen de su identificación con el crucificado. Revelación significa: Dios en sí mismo es un eterno por-venir. No hay otra imagen de Dios que la de aquellos que cuelgan de un madero como apestados de Dios.